viernes, 21 de enero de 2011

Quien es Carlos Annacondia



Cara a cara con Carlos Annacondia
Nov | 2007 (GMT-3)


Una entrevista imperdible al evangelista más famoso de los últimos tiempos en el mes de su cumpleaños número veinticinco de ministerio.
Omar Daldi
Omar Daldi
En una entrevista extensa, de casi dos horas, el evangelista Carlos Annacondia habló de todo, sin expresiones políticas y con la autoridad que lo caracteriza.
– Hablame de cómo comenzó todo hace veinticinco años.
– Cuando recibo a Jesús, mi vida cambia de una manera dramática de la noche a la mañana. Ni mi esposa ni yo éramos las mismas personas. A los tres o cuatro días de creyente me hablaron del Espíritu Santo, y me preguntaron si yo había recibido el bautismo, cosa que ni sabía lo que era. “Ser lleno del Espíritu Santo es recibir un don en lenguas para hablar con Dios”, esa fue más o menos la explicación. Y bueno, me interesé y empecé a buscar y a buscar durante una semana ese bautismo del Espíritu Santo; yo anhelaba hablar con Dios en el idioma de Él, según me habían dicho. Ahora sé que el don del Espíritu Santo va más allá de eso.

Cuando recibo el bautismo en el Espíritu Santo, mientras estaba hablando en nuevas lenguas, tuve una experiencia, me sentía prácticamente tocando a Dios, y me veía como en un estadio predicando a multitudes, en el idioma de Él. Quería explicarle a esa gente las bondades de conocer a Dios.
Después de muchas horas de hablar en lenguas, ya era la madrugada, y cuando me levanto, pensaba en castellano, pero no podía hablarlo, solo lo hacía en las lenguas que Dios me había dado.
La conversión me transformó la vida, pero cuando recibo el bautismo en el Espíritu Santo comencé a sentir algo por la gente: compasión. Recuerdo que iba en mi automóvil y comenzaba a llorar, decía: “Señor esta gente a dónde va no te conoce, está sufriendo como yo sufría antes de conocerte”. Entonces ahí nació en mi corazón la decisión de hablarle a la gente de Jesús

– ¿Qué fue lo primero que hiciste en el ministerio?
– Comencé a hablar a mis vecinos. Si estaban enfermos iba a la casa, reunía a toda la familia, oraba y pasaban cosas: se caían en las habitaciones, se quedaban dos o tres horas dormidos, como desmayados. Fui a los hospitales; cuando oraba por un enfermo, se manifestaba otro en la otra cama.
Una experiencia que marcó mi vida la viví en los años 79-80, un tiempo muy difícil en el país, por la guerrilla y el gobierno de la dictadura militar. Estaba prohibido entrar en los hospitales, el ejército controlaba la entrada, solo lo hacías con un permiso especial, y no me dejaron entrar. Recuerdo que me fui a una esquina y dije: “Señor hazme invisible para que pueda entrar a orar por la gente”. Empecé a caminar y pasé por en medio de los soldados y ni me vieron. Caminé y llegué a la primera sala que encontré, que era un pabellón de mujeres.

– ¿O sea que no fuiste a visitar algún enfermo en particular, sino a sanar a los que estaban allí? – Claro, fui para hablar de Jesús y para orar por los enfermos, pero me llevé la gran sorpresa, cuando entro no había nadie, pues no era horario de visita. Me acerco con La Biblia bajo el brazo a la primera cama, y la señora me dice dándose vuelta: “Yo soy Católica Apostólica Romana”. Y así ocurrió en todas las camas, a nadie le interesaba que yo le hable de Jesús, pero en la última había una niña que no podía caminar, y después me enteré que hacia muchos meses que no la visitaban, y ella sí me escuchó, y lloraba. Yo pensaba que era la unción pero era la alegría que tenía por alguien que la viniera a visitar.

Después que le prediqué recibió a Jesús, y entonces dije: “Bueno, ahora vamos a orar para que Dios te sane”. Y cuando voy a poner mi mano, siento una voz que me dice: “Ya está sana, dile que se levante”. Claro, yo quería imponerle la mano, era mi primera experiencia. Pero le dije: “Bueno, levántate que Dios me dice que ya estás sana”. La hice bajar de la cama y empezó a caminar. En eso entró una enfermera y al verla le gritaba: “Vé a tu cama, no puedes caminar, te vas a morir”. Era Satanás vestido de enfermera. La chica estaba caminando y feliz.
La niña decía: “El pastor rogó por mí, Jesús me sanó y ahora camino”. Todo esto alborotó la sala y las demás enfermas se bajaban con el suero en las manos, y me gritaban: “Ore por mí, pastor”. Yo tenía dos meses de creyente y ya me habían bautizado de pastor. Para ellas ya se había acabado la etiqueta de la religión.
Ese día me di cuenta que un milagro habla más fuerte que mil discursos, y comenzó a cambiar mi oración. Dije: “Señor, si me das señales ellos van a venir a verlas, señales poderosas, y yo me comprometo que voy a hablarles de ti”.

– Dos manifestaciones fuertes comienzan a verse muy a menudo en tus cruzadas que antes no se veían: las caídas y la manifestación demoníaca casi en masa. Cuéntanos de eso.
– Ese ministerio de alguna manera se manifiesta cuando recibo el bautismo en el Espíritu Santo. Comenzaron a pasar cosas raras en esa área. Iba a las casas y comenzaba a manifestarse la gente; como tenía veinte o treinta días de creyente, yo no sabía lo que estaba pasando. Mi primera experiencia con las caídas fue cuando tenía doce días de creyente; estábamos orando y le coloco la mano sobre el hombro a otro, como diciéndole: “Oremos juntos” para que nuestra oración tuviera más fuerza. Y cuando lo toco veo cómo vuela unos cinco metros para atrás y cae al piso. Y ahí me asusté y dije: “¿Qué es esto?”

Oraba y se caían todos. Yo no tenía experiencia ni conocimiento, pero las señales comenzaron a manifestarse de esa manera, en caídas, en liberaciones, en emplomaduras de muelas con distintos materiales, y los milagros de sanidades; de alguna manera me di cuenta que no era importante lo que yo decía, sino lo que Dios hacía.

Yo viví y vivo siempre de sorpresa en sorpresa. “¿Qué vas a hacer Señor hoy?” Dependo íntegramente de lo que Él haga. En las cosas que ocurren soy totalmente ajeno. No puedo provocar nada ni manipular absolutamente nada. Dejo que si Dios quiere hacer, que haga, y si no quiere, no lo haga. Ya es problema de Dios y de alguna manera descanso en que es Dios el que va a hacerlo. Porque, como podrás imaginarte, cuando voy a distintos lugares y países del mundo es como dar examen en cada vuelta.

– Todos los que hemos visto las Campañas escuchamos un grito de guerra que es “Oíme bien Satanás”. ¿Lo habías escuchado antes? ¿Cómo se te ocurrió?
– Creo que surgió espontáneamente, no fue algo premeditado, ni preparado ni razonado. De pronto comencé a decirlo porque era como decirle: “Presta atención porque llegó tu hora y no vas a poder seguir haciendo lo que estás haciendo ahora, te vas a tener que ir”. Sé que el diablo no es omnisciente, pero que escucha cuando nosotros hablamos.
“Oime bien Satanás” es como cuando un ejército va a la guerra y tiene sus gritos, sus palabras.

– ¿Era el grito de guerra tuyo?
– Claro, entiendo que tenemos un enemigo y es Satanás. Él es quien trae el dolor, la destrucción, la muerte, la guerra, la enfermedad; todo eso sale de sus manos. Todo lo malo proviene de él.

– ¿Cómo fue tu relación con la iglesia al comienzo?
– En los primeros tiempos para la iglesia yo era como el anticristo, pero a mí Dios me enseñó algo que me gustaría que muchos ministros puedan entenderlo. Que nunca me defienda de las críticas, sino que simplemente lo deje a Él. Porque me dijo: “Si tú te defiendes yo no te defiendo, pero si me dejas a mí yo me voy a encargar”. Y entonces no importaba lo que decían, siempre usé el púlpito para hablar de Jesús, no es para atacar ni para defenderme, porque el que se defiende es porque no está seguro de lo que está haciendo
Y puedo decir que Dios cumplió, siempre me defendió.

– ¿Y cómo recordás la Iglesia Argentina en tus comienzos?
Carlos Annacondia– Todo lo nuestro fue tan rápido de parte del Señor, que nosotros no entendíamos nada. Yo creía que los cristianos leíamos La Biblia y éramos todos iguales. Pero empecé a descubrir las denominaciones, y de que cada cual “arreaba agua para su propio molino”. Lo que recuerdo es que era una Iglesia enferma, débil y dividida, pero hoy todo ha cambiado.
Hoy puedo decir que la Iglesia en la Argentina está unida, sana y es fuerte. Quizás falten muchas cosa todavía, pero veo una Iglesia unida, donde las denominaciones ya no son importantes como antes, aunque existen, pero ahora eso no es una etiqueta que divide.
En un 95% eso desapareció. Hoy Dios tiene una Iglesia. Somos diferentes, quizá algunos hablen en lenguas, otros no, pero todos tenemos una premisa: que el mundo conozca a Jesús.

– ¿Tenés esperanza de que la Iglesia siga causando un impacto eterno en la vida de la sociedad?
– Hoy tenemos en las manos todo para hacer la revolución de Jesucristo. Y la sociedad será impactada aún más cuando comprendamos la labor de edificar nuestras familias bajo los preceptos del Señor. Esa fue la primera institución creada por Dios.
Debemos cuidar, mantener, defender y enseñar el temor del Señor en nuestros hogares. Una sociedad cambia desde la familia hacia fuera.

– Autocriticándonos, ¿qué nos falta?
– Creo que estamos perdiendo la agresividad evangelística y vamos buscando la comodidad evangélica; o sea algo que no nos comprometa mucho, que no afecte el desenvolvimiento de nuestra iglesia. Pero cuando viene el Espíritu Santo da vuelta todo, pone todo patas para arriba.

– ¿Ves que estamos yendo para la tibieza?
– Estamos buscando métodos y nos olvidamos del Espíritu Santo. Si yo no hubiese recibido el bautismo del Espíritu Santo estoy seguro de que nada de lo que Dios me permitió hacer lo pudiera haber hecho. Con fuerza humana no se puede, por más buena intención que tuviera.

– ¿Que le dirías al hermano que se sienta en el banco de la iglesia?
– Yo le diría tres cosas. Primero, que busque hacer la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios no es necesariamente ser pastor o evangelista, puede ser un médico, un abogado, un operario. Y cuando lo haga, que sea el mejor en lo que hace, sea comerciante, mecánico, albañil, o ama de casa, que todo lo haga con excelencia. Que le pida al Señor: “Yo quiero ser el mejor para honrarte”. Lo primero es buscar siempre la honra de Dios.
Segundo, para vivir la vida cristiana es necesario ser lleno del Espíritu Santo. Si no ha tenido un encuentro con el Espíritu Santo le recomiendo que doble sus rodillas y diga: “Dios lléname, yo quiero experimentar una llenura del Espíritu Santo”.
Tercero, como consecuencia de eso, el Espíritu Santo producirá los frutos del creyente. Lo primero que un cristiano debe dar es fruto. Primero debe evangelizar con su vida, y luego evangelizar hablando.

– Hablemos de la persona de Carlos Annacondia. ¿Qué es para vos pagar el precio? ¿Qué precio pagaste?
– Bueno de alguna manera el precio fue dejar lo que había hecho durante toda mi vida, mi empresa, mi negocio. Pero un día tuve que levantar el puñal como Abraham a Isaac y decir: “Señor, te dejo la empresa”. Tuve que sacarlo de mi corazón. Que la prioridad no fuera la empresa, sino Jesús; había que quitar de mi corazón lo que había fundado con mi hermano –mi empresa– y ponerla en Jesús y despreocuparme, si iba bien o mal ya no era mi problema, lo que importaba era hacer lo de Dios. Tuve que renunciar a eso y no me fue fácil, quizás a alguien le sea fácil, a mí no. Me costó lágrimas, luchas…

– ¿Te costó porque eras exitoso?
– En alguna manera sí. ¡Porque yo estaba muy bien! Tenía todo lo que quería, pero Dios me dio lo que yo no podía comprar: la paz y la felicidad. Eso no podés comprarlo con dinero, con fama ni con éxito.
Y después sí, ¿querés saber cual fue el precio? Sesenta días fuera de tu casa cinco veces al año. No ver a tus hijos crecer. Llegaba a casa, y al abrazar a mis hijos más chiquitos, me miraban y lloraban porque no me reconocían. En muchos cumpleaños y aniversarios no estaba presente, ese es el precio. De alguna manera renunciar a todo lo nuestro para hacer la tarea. Pero Dios compensa. Lo bueno de Dios es que cuando vos dejas uno, Él te da diez. Dios nunca es deudor de nadie.

– ¿De dónde sacás la motivación para seguir haciendo lo que hacés desde hace 25 años?
– La motivación parte de la gente, porque la obra de Dios es para la gente. Lo que cualquier ministro de Dios hace es para la gente, no es para él ni para nadie. La motivación viene del reconocimiento y de lo que la gente cuenta. Por ejemplo, vos vas a orar y los chicos vienen y se agarran de tus pantalones, ¿por qué? Porque ellos reconocen lo que uno hace por ellos. Que digan: “¡Oh! el gran evangelista” no me sirve de nada. ¿Sabés lo que me sirve a mí? Yo estaba en el supermercado un día, con mi changuito, y se me acerca una pareja de 35 años más o menos, me miran y dicen:
– ¿Usted es Annacondia?
– Sí –les digo.
– ¡Uy! –dijeron
Y llaman a los hijos, de tres y cuatro años, y me cuentan.
– Usted sabe, nosotros éramos drogadictos y no había manera que pudiéramos salir de eso. Nos íbamos a suicidar, ya estábamos decididos. Pasamos por una campaña, y algo nos dijo que bajáramos; bajamos y recibimos a Jesús. Ese mismo día dejamos la droga, nos casamos, hoy estamos sirviendo en la iglesia y acá estamos.
Y me mostraron a tres criaturas que estaban agarrados de ellos.
Entonces ¿cómo no vas a predicar el evangelio? Si a cada paso que das, en cualquier parte te viene el premio diciendo: “Vos te esforzaste por mí y mirá el resultado”.

– ¿Qué cosas son las que más te enojan?
– La indiferencia. Ver en el evangelio gente indiferente, que piensa en sí misma, que cree que todo lo que hicieron es de ellos, y no se dan cuenta que Dios se lo dio con un propósito.
La palabra Evangelio significa Buenas Nuevas, una buena noticia, nos son perlas que me guardo en el bolsillo, ni para que junte a cincuenta jóvenes que quieran evangelizar y les ponga la carga a ellos. A veces llega un punto en el ministerio en que les tiramos la carga a los demás, y les ordenamos que hagan lo que nosotros no podemos hacer. Si yo no puedo hacerlo, no mando a otro que lo haga, porque no tengo autoridad para que lo haga.

– ¿Quién es, aparte de Jesús, el hombre que más te ha inspirado?
– Son muchos, más bien hombres mayores que ya no están: Ángel Porta, Jorge Gomelski, Sebastián Vielenski, un yugoslavo grandote que siempre pasaba por mi casa y me fue de bendición en momentos difíciles. También Manuel Ruiz, el que me trajo el evangelio.
En esos momentos difíciles tenía muchos hermanos de la iglesia, que estaban a mi alrededor; yo les era de aliento a ellos y ellos me eran de aliento a mí. Para mí la iglesia era una gran familia donde compartíamos todo, nos ayudábamos unos a otros, nacimos como familia.

– Hablame de María y de tu familia. – Como descendiente de italiano, mi preocupación siempre fue mi familia: mi esposa y mis hijos. No me fue fácil dejar mi familia, pero Dios me dio fuerzas y me quitó ese apego para poder salir, pero alguien debe estar en la casa cuando uno no está, y ese alguien lo que hace lo debe hacer con amor y sin reproche.
Porque cuando salgo para hacer un viaje, mi esposa es la que tiene que hacerse cargo, y no de una “pequeña familia” –son nueve hijos–. Y si no me hubiese apoyado, no podríamos haberlo hecho. María tuvo que tomar la responsabilidad, por eso digo que ella es el cincuenta más uno de lo que yo hice.

–¿Qué esperas para el futuro?
– Seguir haciendo la voluntad de Dios, y poder ser fiel hasta el último día de vida.
Omar Daldi

No hay comentarios:

Publicar un comentario